Ownership

Apostando fuerte por la confidencialidad de los datos

Las grandes empresas están empleando numerosos recursos para asegurarse de que los datos de los clientes y usuarios estén a salvo. ¿Por qué es tan importante para ellos y, sobre todo, para nosotros? ¿Qué hacen con ellos, cuánto pueden llegar a valer o qué consejos podemos seguir para no dejar un rastro tan llamativo en internet?

Los datos personales nos identifican, nos hacen únicos dentro de los millones de usuarios que hay en internet. Lo dicen todo acerca de nosotros: quiénes somos, dónde vivimos, qué edad tenemos, qué nos gusta … Y, además, cada movimiento, cada ‘click’ que hacemos en la red deja un preciado e invisible rastro digital. Una enorme huella que dice más sobre nosotros y hace que esa información tenga un incalculable valor para las empresas. Sin duda, compartirla nos hace frágiles, pero que se haga pública o que la roben, nos hace vulnerables. Muy vulnerables.

Es cierto que existen mitos acerca de que nuestra información es muy valiosa o que las empresas la venden a cambio de grandes sumas de dinero a otras compañías. Eso no es del todo cierto. El proceso empieza por un sencillo registro en una página web que nos ofrece un servicio gratuito a cambio de completar un formulario con nuestros datos. Evidentemente, rellenamos el correo, el nombre y el teléfono y, al validarlo, obtenemos el acceso a ese servicio. Hay un quid pro quo en el que cedemos nuestros datos a cambio de un beneficio. Ver un vídeo en Youtube, localizar un lugar en un mapa con Google o ver las fotos que comparten nuestros amigos en Instagram, son algunos ejemplos de cómo las compañías se hacen con nuestros datos de forma legal. Pero, ¿qué hacen realmente con ellos? ¿De verdad los venden a otras empresas o son tan valiosos?

En teoría, no. En primer lugar, porque sería un negocio poco rentable e ilegal, sobre todo ilegal. Solo se podrían vender una vez y eso no es nada lucrativo. En realidad, lo que se hace con ellos es comercializar con el derecho al acceso de nuestros datos almacenados en conjunto. No se vende la información de una persona en concreto, sino que se vende el acceso a los datos agrupados y segmentados por diferentes intereses. Si yo quiero que un anuncio lo vean personas mayores de 50 años, tan solo tengo que pagar para que las empresas que tienen los datos filtren por ese parámetro. Pero nunca tendrán acceso a los nombres, teléfonos o correos de esas personas mayores de 50 años. Los datos están a “salvo”.

Y si queremos venderlos sin más, ¿a qué precio? En realidad, nuestros datos no valen tanto dinero como imaginamos. Su valor podría resultar -incluso- decepcionante. De hecho, en la dark web, el mercado negro virtual, el precio medio de un perfil completo ronda los 850€. Un perfil que incluye desde los datos bancarios, la información más golosa desde luego, hasta las claves de tus redes sociales, que ellas por sí solas no valen más de ocho euros. 

Entonces, ¿por qué están apostando tanto por la confidencialidad de nuestros datos si no se venden ni valen tanto? Recientemente el CEO de Google dijo que “la privacidad debe ser para todos y no para unos pocos” o Mark Zuckerberg declaró que “the future is private”. ¿A qué se debe este cambio cuando parte del modelo de negocio de estas empresas se basa precisamente en obtener beneficio de nuestra información? 

Rentabilidad y credibilidad

Existen factores que determinan la confianza de los usuarios que van a seguir usando sus servicios, generando más tráfico en sus páginas y adquiriendo sus productos. Los sucesivos escándalos por vulnerabilidades o por venta de los mismos, sumado al eco de la prensa, han ido incrementando la preocupación por parte de la población. ¿Qué marca de móvil, de televisión o de asistente de voz nos compraríamos si sabemos que nuestros datos están en juego? Al final, la reputación de una empresa lo es todo para su éxito y para sus arcas. 

De todas formas, te fíes o no de lo que puedan prometer las grandes empresas, es importante tener en cuenta una serie de consejos para que no se haga un uso indebido de tus datos. El más importante: ser cauto con la información que compartes. Es básico. Una vez publicada puede ser accesible desde cualquier parte del mundo y automáticamente se pierde el control absoluto de ella. Se debe configurar y controlar las opciones de privacidad de las redes sociales y de cualquier página en la que nos solicite un registro. Tú mejor que nadie, sabes qué debe o puede ser público y qué no. 

Por último, nunca está demás que conocer el Reglamento General de Protección de Datos (GDPR) e informarse de las políticas de privacidad de cada servicio. Sin duda, si se conocen las reglas del juego, es como mejor se juega. El GDPR busca garantizar la privacidad de los ciudadanos en todas las actividades online y protegerlos de las grandes empresas que operan en la red. Da más control a los usuarios y a la gestión de sus datos y añade un entorno jurídico más simple para las empresas incorporando medidas tan necesarias como el derecho al olvido, la limitación de datos que se guardan de nosotros o la modificación vía electrónica de los mismos.